Alejandro Dolina: «Uno tiene el deseo de romper un poco el lenguaje»

Un asesinato en plena calle. Un libro de cuentos póstumo en homenaje al escritor asesinado, con comentarios y notas al pie de quien fuera su discípulo y acompañante. Pero esas notas al pie se van transformando al pasar las páginas en la historia de Vidal Morozov, el escritor asesinado, sus amistades, sus andanzas amorosas, sus convicciones y su tragedia. Revelan sus secretos. Una novela que aparece en la parte baja de cada página y desliza la trama entre el texto y el metatexto, intercalando los registros y las voces. Esa construcción en niveles narrativos es Notas al pie (Editorial Planeta), el último libro de Alejandro Dolina. “La búsqueda de una forma interesante y no usual de comunicación con el lector es el ingrediente principal”, explica Dolina a Página/12“Se trata de contar una historia, pero apartándose de la metodología usual de la novela decimonónica: ´Había una vez un tipo que…´. Y me pareció interesante buscar distintos pasos. El cuento es un paso, las notas al pie son otro, la novela también es un paso”, adelanta el autor.

“Todos esos métodos de comunicación se han ido intercalando y forman parte del libro. Y a mí me parece más interesante el cómo que el qué se cuenta, que está bien y tiene que estar”, continúa sobre la estructura del libro que estuvo escribiendo durante los últimos cinco años, con idas y venidas sobre el texto y su organización. Una búsqueda de formas narrativas que atrajera por la novedad de su expresión. “Contarlo con metodologías diferentes. Eso me parece que puede ser para el lector más apasionante que un relato lineal y convencional. Después, el asunto es lograr que eso esté bien hecho, que produzca un hecho de comunicación eficaz porque bien puede resultar que sea un pan dulce imposible de degustar por la demasiada fruta. Y eso será opinión de los lectores, de los que saben o de los que no saben, qué se yo…”, propone.

– Notas al pie es como una tercera etapa de sus publicaciones: cuentos, novela, a novela ordenada con cuentos. ¿Cómo fue ese proceso?

– Muchas de esas decisiones se toman sin darse cuenta. A lo largo de los años uno se va modificando, y esas modificaciones provocan un deseo de vulnerar los géneros, un deseo de romper un poco el lenguaje, de ser un poco heterodoxo en la forma de relatar. Me divierto más, estoy más cómodo buscando una estructura más paradójica que la del relato. Contar sin estar seguro de estar contando, o contar desde el costado, ver desde otras ventanas, oblicuas, y cómo se escribe lo que se ve desde allí. No es que uno tenga ganas de hacer experimentos por el gusto de hacerlos, pero me divierto más con estos juegos un poco caprichosos de los últimos libros. No podría complacerme escribir como cuando publiqué las Crónicas del Ángel Gris, que posiblemente sean más divertidas, pero estas tienen una complejidad que yo estoy buscando. ¿Para qué? ¡Para que me guste a mí! Después, si les gusta a los demás mucho mejor.

Ese “relato heterodoxo” es una serie de textos (cuentos, fragmentos de guiones de películas, páginas de cuadernos personales) hilvanados por el nombre de Vidal Morozov, y glosados y comentados por su asistente Franco De Robertis en las notas al pie, donde explica algunas cuestiones que enmarcan esos textos. Pero lentamente en esas glosas se desliza lo que finalmente se convierte en una novela policial para contar la historia del asesinato de ese misterioso y escurridizo escritor desde el punto de vista de su asistente. Una serie de intervenciones que cambian el punto de vista de la narración y resignifican las notas al pie como el hilo conductor de la historia que se cuenta en esas páginas: una obra en la que se entrecruzan intervenciones textuales que a su vez son intervenidas por otros textos para darle forma a un relato construido estratégicamente de encastres literarios.

– Este libro le llevó alrededor de cinco años de trabajo. Alguna vez  dijo que disfrutaba «haber escrito», pero le resultaba tortuoso «escribir». ¿Sigue siendo así?

– Si, claro. Me gusta haber escrito, estoy orgulloso, pero estoy contento de haber llevado adelante la tarea. Lo terminé, y ojalá haya salido bien. Pero mientras escribo esos libros no disfruto nada. Disfruto muchísimo estar con mis compañeros, mis amigos, haciendo el programa de radio, conectado con un público que también es amistoso y frecuentemente te da alguna clase de alegría o de afecto, pero mientras estás escribiendo estás solo, y cada cinco minutos te asalta la idea de que nunca vas a terminar ese libro. Especialmente a los comienzos de las obras. Trabajás dos horas y te sale una página, la leés y te parece más o menos, y entonces te preguntás cuántas páginas va a tener este libro. Pensás que 500, y te decís vos mismo: no es posible hacerlo.

– Sus trabajos tienen una dimensión de humor. Y aunque es distinto en radio todos los días, en un libro o una ópera, ¿qué le aporta a sus obras ese humor?

– No soy muy amigo del humorismo permanente porque es una manera de no conseguir el propósito humorístico, que es la sorpresa intelectual. Si uno le da al lector una sorpresa cada tres líneas deja de ser sorprendente. Y además, el humor aliviana un poco las ideas. Tal vez el contenido humorístico en un libro oscuro como este, no muy optimista, sirve para alivianar un poco, para que las palabras pesen un poco menos. Entonces, cada tanto un gesto humorístico no está mal. Y también sirve para demostrar la falibilidad del pensamiento. El pensamiento a veces, aun el más riguroso, falla por algún lado. O si se cumple incurre en la paradoja. A veces Morozov va a visitar a su padre, que no puede comunicarse, y lleva a un tipo que hizo un voto de silencio que sostiene el rigor de ese voto a no hacer señas tampoco. Quiere que el silencio sea total, y no se comunica de ninguna manera. De manera que Morozov está acompañado de dos personas y ninguna de las dos le puede decir nada. Eso también tiene su paradoja, su grado no solo de humorismo, sino también de pensamiento que puede ofrecer esa imposibilidad de la comunicación, que se le contagia a la tercera persona porque nadie lo escucha o no lo quiere escuchar. Todo eso en una escena fatalmente graciosa cuando uno la piensa dos veces.

Después de un 2020 en el que hicieron La venganza será terrible (lunes a viernes a las 0 por AM 750) sin gente por la pandemia, este año retomaron, con los protocolos sanitarios necesarios, al programa en vivo con público presente en algunas emisiones, una característica de sus programas radiales desde Demasiado tarde para lágrimas, hace ya 36 años. “Es la sensación de una falta”, resalta Dolina. “La historia del programa se hizo con público, y cada una de las ideas, buenas o malas, que hemos tenido estuvieron pensadas asumiendo que hay público. Las pocas veces en la historia que hicimos el programa sin público, también fue por razones de fuerza mayor. En algún desequilibrio institucional, o alguna enfermedad como la Gripe A. Pero fueron muy pocos momentos, lo pasamos mal, nos pareció que el programa no fluía”, confiesa.

– Debe ser la primera vez que hicieron el programa sin público tanto tiempo…

– Ya técnicamente hay una dificultad: nos pisamos, y entonces uno se calla por temor a hablar sobre el otro pero el otro también se calla, y esto llega de manera desprolija al oyente. Y hace también desprolijo a nuestro pensamiento. Todo eso influye para peor en el programa, y aparte se genera una nostalgia de lo que es la teatralidad del programa. Muchas veces, en el programa, la gracia, la eficacia, está más en lo presencial que en lo radial. El programa es falsamente radial, tiene más de teatral, y la gente es como si escuchara una obra muy sencilla de teatro que se transmite por radio. No ve los gestos que hacemos, pero como oye que la gente se ríe lo adivina. Todo eso es una combinación de lo radial con lo teatral que siempre existió en el programa y durante la pandemia tuvo que ser abolido provisoriamente. Y fue molesto.

– Ya está editado Notas al pie, en la radio se está recuperando algo de la vieja normalidad. ¿Tiene proyectos para el 2022?

– No sé si el año que viene, pero estoy con muchas ganas de que el próximo proyecto sea teatral, que tenga que ver con el teatro o con ese achatamiento del teatro que es el cine. Digo esto como un chiste más bien borgeano o barthesiano. Borges pensaba que el cine era mucho mejor que el teatro. Le gustaba mucho más, decía que el teatro era más rígido, más limitado, que había juegos de la sucesión que en el cine se podían hacer y en el teatro no. Y tenía toda la razón en eso. Roland Barthes decía, contrariamente, que en realidad en el cine estás viendo es una total ficción, una total mentira. No estás viendo a ninguna persona, estás viendo un fenómeno óptico. Si querés ver al actor en acción, Humphrey Bogart o al que vos amabas, tenés que ir al teatro. Son dos opiniones muy inteligentes. Todo para contestarte que lo que haga tendrá que ver con alguna serie o con algún proyecto teatral (risas).

El mundo difícil de la cultura

Durante el período más duro de aislamiento por la pandemia, el mundo cultural tuvo consecuencias ambivalentes: por un lado, fue sostén en muchas casas para soportar mejor ese encierro sanitario, pero por el otro sufrió las consecuencias del cierre total de la actividad cultural. Para Dolina, “la cultura siempre ha estado acostumbrada a estas luchas desiguales, a enfrentar a la Armada Invencible con una escoba. Esas luchas son propias de los hombres de la cultura, de manera que el ambiente hostil es siempre así”, analiza. “Ese es el mundo de la cultura, un mundo difícil”, resalta el autor de Lo que me costó el amor de Laura. Y en ese sentido, rescata la voluntad con que, a pesar de las dificultades, quienes producen en este campo le dan vida al arte y el pensamiento. “Pertenecer a ese mundo generalmente no produce mucha prosperidad que digamos. Y ahora ocurre más que nunca, porque el mundo de lo que sobra es muy escueto, y la cultura necesita una sociedad más o menos próspera para salir adelante. Un tipo que no tiene para comer mal va a ir al teatro”, dice, y destaca que eso “me hace amar más a quienes están trabajando en eso sabiendo que es difícil, y sabiendo además en muchos casos que la opinión general del universo no va para con la de los artistas de este tiempo, de los pensadores, de los científicos. Un tipo que hace ciencia no puede estar de acuerdo con esas opiniones filofascistas que están de moda. Mala cosa para el hombre de la cultura un mundo de intolerancia. Ya hemos tenido experiencias en todo el mundo acerca de ese asunto”, reflexiona.

La amenaza de las derechas

– Se acaba de pasar por una elección legislativa signada por discursos muy violentos y con “promesas” muy antipopulares, como la eliminación de las indemnizaciones o la paga de la mitad del salario mínimo para el primer empleo, aumento de represión policial o despidos de empleados públicos. ¿Qué opinión le merece el resultado?

– Es fenómeno mundial el resurgimiento de las derechas que no tienen temor al discurso violento. No tienen pudor de la violencia de su propio discurso. Eso es algo nuevo también. Las derechas fascistas han existido siempre, pero en alguna época no hacían público su verdadero pensamiento de odio. Estoy hablando no solo en Argentina. Ahora, ese respeto se ha perdido y no hay un pudor que les haga ocultar la verdadera naturaleza de su ser, que es una naturaleza violenta. Es una realidad que hay que asumir, y creo que es de las cosas más peligrosas que han pasado en estos tiempos. Ahí vienen discusiones que han tenido lugar en el mundo desde hace mucho. Está la famosa paradoja de (Karl) Popper, el amigo de nuestro programa al que robamos mucho. Popper decía que con la intolerancia había que ser intolerante. Yo lamentablemente no estoy de acuerdo. Creo que si uno aplica métodos violentos para combatir la violencia política, el triunfo es finalmente de la violencia. Ahora, ¿cómo se lo neutraliza? La cosa es muy difícil, requiere mucho trabajo y también resultados que hagan que la vida sea mejor para todos. Es más fácil encontrar violencia y odio cuando la vida se hace difícil. Pero también hay muchos políticos o personas de los negocios dedicados eventualmente a la política que desean el fracaso de esta experiencia de Estado inclusivo que interviene en la economía. Estamos ante el peligro de que el próximo turno presidencial nos lleve otra vez al neoliberalismo. Yo me atrevo a opinar, con todo respeto por mis amigos neoliberales, que ese sería un mal para el país. Y también creo que es un mal para el país que opiniones como esta que acabo de dar, con toda humildad y con todo temor de equivocarme, sean utilizadas para prometer palizas, venganzas, rencores e insultos. Eso no puede ser así.

Efectos pandémicos

A pesar de adaptarse al aislamiento y la virtualización de una parte de la vida (hizo dos emisiones de En la pieza de Dolina por plataformas virtuales), Dolina pasó el 2020 pandémico con preocupaciones por el resultado de la salida de esta crisis mundial. “El año pasado la vacuna era una posibilidad solamente, y fue mucho peor, más incierto, más lleno de temor”, recuerda. “No solamente por uno, sino también por los otros. No se puede estar medianamente tranquilo o feliz, por decirlo así, en un mundo en el que están muriendo miles de personas por día. Y aparte de morirse, algunos se enferman, otros pierden el trabajo, las naciones se empobrecen, etcétera”, señala, y reconoce que a pesar de no haberse contagiado, la pandemia tuvo efectos en él: “Ya no debo ser el mismo tipo que era antes. Es más, no quiero ser el mismo que era antes de la pandemia, porque si lo fuera significaría que no me afecta para nada la tragedia que ha sufrido el mundo, que es muy grande y probablemente en muchos puntos irreversible”, piensa.

Fuente: P/12