Crónica de un aborto; “Ya no estoy embarazada”

En la década del ‘90, muchos países se abrían al debate sobre la despenalización del aborto. Aun así, a finales del siglo XX, América Latina seguía sin tomar medidas respecto a la problemática, a pesar de que muchos movimientos sociales e instituciones lo demandaran. Treinta años después, los parlamentos y las calles latinoamericanas, lo pondrían al fin en agenda.

En este contexto, a lo largo de la crónica se contará la historia de Mónica, y la experiencia en la interrupción de su embarazo adolescente, llevada a cabo en Chacabuco.

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Primer mate

Un beso cálido en la mejilla y una mirada que me invito a entrar. Atraída me dirijo a ese mate escarlata dispuesto a dialogar conmigo. No sólo es un mate, por esa bombilla corren historias, recuerdos, en ella está la esencia de llevarte a otros lugares.

La conversación torna en su cotidianeidad. Quizás inconscientemente lo hacíamos para evitar entrar en ese laberinto que aún no me había abierto las puertas. Su mirada me esquiva mientras se dirige al pretérito adolescente.

   Rompo el silencio y consulto por qué decidió hacerlo – la profundidad de su mirada me hace ir con ella a esos momentos -. “Para contestar tendría que verse un poco el entorno en el que yo vivía a esa edad, y cómo había sido mi vida hasta el momento”, cuenta mientras ceba el primer mate.

“Salí de mi casa paterna a los 17 años por un embarazo que llegó a término, y nació mi primer hija. Cuando ella tenía nueve meses quedo embarazada de mi segunda hija, la cual también acepté. Ninguna fue buscada, pero vale explicar que tuve una educación donde sabía los métodos anti-conceptivos”.

La vida cotidiana era una gran mochila llena de piedras que hacía de almohada en su cama  por las noches, y que cargaba encima todos los días. Los maltratos no pasaban desapercibido, y en medio del caos, con sus hijas aún pequeñas, la noticia del tercer embarazo no tardó en llegar. “Enfrentaba todo eso sola. En mi cabeza estaba siempre el “cuida la familia”. Yo venía también de una casa con muchas discusiones, maltratos y trataba de aferrarme a aquello. Pero en un futuro,  me veía sola, que no iba a poder sostenerlo”, relata con gran firmeza. Sería una piedra más que tendría que llevar en su mochila diaria.

“Culturalmente, creo que la vida es algo muy valioso y no se toca. Más allá de los aspectos religiosos, tocar una vida creo que le cuesta el psiquismo a cualquier persona”. El nudo en su garganta se hace notar, y me deja entrar en esa parte del laberinto donde estuvo la duda entre aceptar el embarazo, o interrumpirlo. “Quebré y dije que no, no quería seguir adelante”. El saber que muchas personas estaban enteradas de su embarazo, le aterraba por momentos. “Dentro de mí sabía que no iba a poder. Que la solución iba a ser esa”.

Su mirada, hasta el momento, sigue esquivándome. Aun así puedo ver la trasparencia de cada palabra que sale de su boca.

Comienza el caos, la depresión por el no acompañamiento de sus familiares y su propia pareja. Llevaba un embarazo de tres meses y sabía que cada día que pasaba, se dificultaba aún más.  “Sentía la incomodidad del crecimiento”, me relata mientras enciende su primer cigarrillo que quizás, calme ese nudo que la hace hablar entrecortadamente. Era tal la incomodidad que había llegado a mostrar síntomas de desequilibrio emocional. “Llegué a subirme al techo y tirarme. No sabía cómo enfrentar esa situación.  No tenía garantías de nada, ni de nadie para seguir adelante”. El silencio de sus familiares tras lo ocurrido, le hizo entender que no se interpondrían en la decisión.

Llamó y se reunió con quien le practicaría el aborto. Le explicó  cómo y dónde se lo haría. El valor era muy alto. Fue difícil conseguirlo.

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La noche

José abrió la campera y dejó el hueco de la manga listo para el brazo de Mónica. Por la espalda sostuvo la otra hasta que ella la rellenó. Luego le subió el cierre hasta el mentón y se miraron fijamente desde sus alturas desiguales. No se dieron tiempo para dramas ni más discusiones; ella dijo que se le haría tarde y él asintió. Estaban a ocho cuadras de la clínica. Ocho cuadras interminables que parecían concebir hijas y las hijas más hijas, alargando así la agonía de la decisión. La intervención ya había sido pagada. La suegra y el padre de Mónica contribuyeron con una parte. Ninguno estaba de acuerdo con el aborto, pero igual colaboraron. Pronto se arrancaría del vientre todas las inseguridades. Ella se miraba la panza y no soportaba la idea de verla crecer en medio del caos. Iban poco más de tres meses de embarazo. No era el momento para un tercer hijo. Las cosas con José ese día estaban bien pero eran volátiles las circunstancias, todas las palabras y el amor se perdían cuando él le gritaba. Los perdones a ella y los regalos a las niñas no alcanzaban para cubrir las heridas de las palabras. Un día de angustia y otro de perdones.

Era casi medianoche. Sus pasos solitarios se estrellaban en las veredas. Mónica pensaba en el mañana para evitar asustarse de lo que estaba por hacer. Al día siguiente, quizás, alguien preguntaría por el embarazo e incluso quienes se habían enterado tarde la felicitarían, entonces ella esquivaría la mirada, se escondería en algún lugar tembloroso de las manos y diría “ya no estoy embarazada”, para taparse luego con silencios la boca.

Cruzaron la plaza San Martín y todas las luces de la ciudad parecieron apuntarles directo a las caras y exponerlos a los juicios ajenos. Se sintieron más observados que nunca aunque en la plaza no hubiera nadie. Arriba está la noche llena de ojos, pensó Mónica, evocando un poema de Cortázar. La campana de la iglesia la sobresaltó dejándole el poema a la mitad. Inmediatamente el breve vuelo de los pájaros acomodándose en las ramas pareció poner en orden todos los miedos que andaban sueltos.

Mónica caminaba mirando las baldosas y escondiendo las manos y los temblores en la campera; José emergía de su sombra asustada fumando el séptimo cigarrillo de la noche. La luna, mirando por encima del hombro del palacio municipal, los vio cruzar la calle almirante Brown y avanzar por la penumbra de la vereda hasta la entrada de la clínica, casi en la esquina de Almirante Brown y Padre Doglia. Al enfrentar la puerta, Mónica advirtió el silencio en los pasos de José. Quizá él dudaba en entrar, no estaba convencido de la decisión tan definitiva y sin retorno. El miedo a quedar sola la envolvió como un escalofrío letal. Pero cuando miró hacia atrás, él daba una última pitada al cigarrillo y la ansiedad, antes de arrojarlos al suelo para entrar detrás de ella.

La puerta demoró una mal lubricada eternidad en cerrarse. Sabían que nadie los recibiría; debían caminar el pasillo principal, subir los peldaños y tocar la primera puerta a la derecha. Luego, esperar a que el doctor les diera la orden para pasar. El miedo aceleró el pecho de Mónica. Su respiración la acechaba al final del pasillo. Pero nada la detenía. La decisión era irrevocable; abortaría. José miró hacia atrás mientras la puerta se cerraba y supo que no había regreso, que en Mónica no cabía la posibilidad del arrepentimiento porque sus inseguridades no se arrepentían. No más poemas, no más demora.

No hubo papeles ni registros; los archivos de la clínica desconocieron su presencia como la de tantas otras mujeres. José tuvo que esperar en la oficina mientras Mónica se desvestía en otra habitación para colocarse una bata celeste y acostarse en una camilla. Se quitó la campera lentamente, se ató el pelo, se quitó las zapatillas y las emparejó en un rincón. Cuando se acostó, perdió la mirada en un punto fijo del techo. El quirófano era frío, de blancas paredes  y aromado por fuertes antisépticos que le hacían doler la cabeza. El foco de la luz emitía un leve sonido al que no se acostumbraba. Fuera de la habitación, los murmullos del doctor con una enfermera la impacientaban aún más. Supo lo que era la soledad verdadera en medio de una ciudad que dormía indiferente. Miró su vientre y no quiso pensar más en ello. Finalmente el doctor entró, con una bata larga, con guantes, barbijo y gorro; le colocó en la cara una máscara plástica y le ordenó respirar hasta dormirse.

Cuando despertó, los pálidos reflejos de la luz le llenaron los ojos. Nadie había alrededor. Por la ventana murmuraba la claridad del sol. Mónica se miró un momento, no sintió dolor alguno. Luego de unos minutos comenzó a sentirse sola, por fuera y por dentro, sin saber si tenía que alegrarse o sentirse triste.

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Ojos testigos

“En Chacabuco toda la vida se hicieron abortos”, relata Graciela con su voz enarenada por el tabaco. Graciela es una enfermera con más de veinte años de trabajo en instituciones de salud pública y privada.

Hoy, superados los cuarenta años, su cuerpo esbelto no lo hace notar. Sin embargo, el pelo cobrizo deja ver algunas canas. Sus manos desgastadas por años de antisépticos, acompañan su testimonio con sutiles movimientos. No se detiene sólo en los abortos que se realizaban dentro de un quirófano, sino que resalta los frecuentes ingresos  de mujeres por infecciones post aborto clandestino; por úteros perforados con medicaciones o elementos caseros que pretendían inducir el aborto, ya sea hechos por ellas mismas o por profesionales en consultorios particulares. Señala también que en las clínicas privadas, las mujeres que ingresaban por un aborto no eran registradas, mientras que en el hospital público “los diagnósticos se fabrican”.

 “Eran lugares tétricos, muy rústicos. Había una camilla y una caja de parto. Nada más”, describe en referencia a los quirófanos, y remarca el riesgo que involucraba el procedimiento en aquellos lugares: “al no contar con un aparato para reanimar, al no tener una persona capacitada, al no tener un litro de sangre a disposición, estás corriendo un riesgo terrible”.

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“Hablar es sanar”

20 años de silencio. 20 años de barrera psicológica, donde no se permitía el acceso a esos recuerdos. Pasó a ser un tabú familiar.

 En las ciudades chicas, los rumores y noticias suelen expandirse con rapidez, por lo que fue difícil enfrentar a esas personas a las que les llegaba la información del embarazo. Las miradas se posaban en ella, percibiendo quizás algún sentimiento de compasión. En su interior, sentimientos escondidos. Risas maquillando el alma tan silenciosamente maltratada.

No tardaron en llegar los reproches de parte de su pareja. Era una carta que tenía a favor y utilizaba para hacerle daño. Ella fingía que no le afectada. Aunque, inconscientemente, en ese rincón bien guardado, la situación la iba lastimando poco a poco. El tiempo pasaba volando; pesaba y aplastaba. La escupía y la besaba.

Descubrió que creando una barrera psicológica, ese recuerdo dolería un poquito menos. Dejó de lado una realidad que no quería afrontar. Siguió caminando por la vida, simulando sonrisas. De vez en cuando, chocándose este gran paredón que la vida solía ponerle por delante, quizás para que lo enfrente, liberarse y poder sanar. Seguramente,  sanar no es fácil, lleva tiempo y coraje. Ella pudo, “transformó el dolor en amor”.

“Para mí hablar es sanar”, explica con los ojos vidriosos. Sanó entendiendo que en ese momento no tenía otra salida, no podía ver otras oportunidades, ni posibilidades. “Incluso si las hubiera tenido, no las habría podido ver”. No se arrepiente. Supo entenderse respetando esa vida que interrumpió. Perdonarse y perdonar.

“Uno puede decir estoy bien, divertirse, disimular, pero en ese cajoncito almacenado en el inconsciente, tiene guardado algo que lastima continuamente, aunque no lo vea o no lo quiera ver”.

Esta crónica pretende visibilizar la problemática del aborto desde la primera persona, sin asumir postura. Para esto, contamos la historia verídica de Mónica (nombre ficticio), quien ofreció su testimonio;

“Cuento mi historia porque tal vez, hay muchas mujeres que no se sienten comprendidas, que aún están calladas. Quizás, con esto se den cuenta que es una situación que te puede pasar, te puede tocar, pero también se puede entender. El escuchar a alguien en ese estado le podría servir, hacer bien. Se podría sentir acompañada”.

No queremos finalizar esta crónica sin dejar de agradecer a Graciela y Mónica, quienes estuvieron predispuestas en todo momento a contarnos sus historias.